CATÁLOGO DE SUSTITUCIONES SOBRE FUNCIONES IDÉNTICAS

Lara Santos


 

«Escuchar es un esfuerzo y el hecho de simplemente oír no es ningún mérito. Los patos también oyen» (Stravinsky)

 

¿Cómo es posible que el oído sea el primero de nuestros sentidos en funcionar y dominar la vida amniótica y, sin embargo, se vea superado por la vista cuando nacemos? Las razones se remontan a un momento muy lejano de nuestro pasado evolutivo y tienen que ver con el descubrimiento de la causalidad. El sonido, absoluto e inmotivado en el vientre, se convierte en algo que sucede como resultado de otra cosa una vez vagamos en el exterior. Esto explica la ansiedad que nos genera que un sonido carezca de causa, lo que nos devuelve a un estado prenatal como oyentes furtivos de lo que sucedía en el entorno materno. Por otro lado, las historias de ciencia ficción han traído hasta nosotros un imaginario importante: el espacio como un lugar inhóspito, frío y mortal en el que, a falta de sonido, es difícil mantener el juicio. Las guitarras flotan y el sistema de contrapesos de un piano pierde su cometido. El sonido hace de nuestra comunicación en la tierra un sistema complejo y de nuestra realidad un caleidoscopio permeado por miles de voces y flujos sonoros que pasan por debajo del radar de nuestra consciencia. La gravedad afecta a nuestras experiencias perceptivas y estéticas, y menos mal porque ¿os imagináis un mundo silencioso? Tennyson lo hacía en «The voyage of Maeldune» (1880) al pensar en una Isla Silenciosa donde los perros no ladran y las alondras no cantan y «un océano silencioso rompe en una costa silenciosa». Maeldune y sus hombres aborrecen ese escenario estático como la muerte. La quietud es vivida como algo inquietante y el silencio como antinatural, por lo que llenamos el temido vacío con cualquier sonido y aumentamos los niveles de este de un modo inexorable en el mundo. La imagen y el sonido son así las dos caras de una misma moneda posmoderna cuyo nexo espacio-temporal caracteriza el lugar en que somos. «Escuchar es sentir el mundo», indicaba uno de los primeros anuncios de aparatos de radio, y comprender este pasa por gestar una primera imagen sonora. Fueron los mitos, la literatura, la pintura o la escultura los medios que de forma silenciosa representaron el sonido y el acto mismo de escucha antes de la aparición del fonógrafo: «Uno debe ser paciente y tener infinito cuidado para percibir la luz del sonido, sin importar si también se despliegan las patas delicadas de las arañas o la risita sofocada del agua en alguna cañería irrelevante» dice Virginia Woolf en Las olas (1931). ¿Cómo es entonces el mundo de hoy?

Espectorgrama del Parque Nacional Monte Rainier (EEUU) con los sonidos de distintos animales y aviones señalados.

Los objetos sonoros, tal y como denominaba Chion a los sonidos, han mutado. Nuestro GPS auditivo nada tiene que ver con el de Virginia Woolf y sus coetáneos. Nuestra identidad cultural está determinada por imaginarios, preconcepciones y filtros políticos, económicos y sociales que cambian a lo largo del tiempo y sobre los que no poseemos una capacidad de agencia absoluta. La identidad sonora que deviene en lugar es la respuesta que se nos da para identificarnos con la comunidad en la que vivimos o a la que deseamos pertenecer. Aplicamos la idea de «otredad» y reconocemos al «otro» como diferente para reafirmarnos en nuestra individualidad, mientras lo local se consolida gracias a la globalización y nuestras diferencias sonoras se intersecan. Los objetos sonoros han cambiado, la presencia cuasifantasmal del sonido se nos revela corpórea cuando descubrimos y evidenciamos su ausencia. La desaparición de un sonido determinado, antes ambiguo y temporal, se convierte ahora en una realidad objetiva. Los coches eléctricos prometieron el imperio del silencio en sustitución al ruido de tráfico rodado como principal contaminante acústico en las ciudades. Pero, de nuevo, el silencio objetivo se presenta como un fenómeno inseguro y peligroso. Además, los sonidos perdidos se resisten al dogal de la descripción verbal e intentar poner voz a esos sonidos silenciosos se convierte, en palabras de Víctor Nubla, en la confección de un catálogo de sustituciones sobre funciones idénticas. ¿Acabaremos construyendo una historia de la desaparición?

La tecnología digital ya no «suena» de la misma forma: los teléfonos de rueda, el fax, la cámara analógica al pasar el carrete, la proyección de películas en celuloide, la máquina de escribir, el chat ICQ (anterior a Messenger y muy anterior a WhatsApp), el sonido startup de Windows 95, el teletipo, el Eurosignal, una rebobinadora de cinta VHS, una unidad de disquete, los teléfonos de pago o los casetes compactos. Sin embargo, hay sonidos coexistentes que se disputan la permanencia en la jerarquía sonora actual y cuya utilización quedará en un futuro inmediato reducida a un catálogo de usos simbólicos. La congestión sonora que sufrimos complica el ejercicio de memoria histórica musical. Los sonidos tónicos del mundo son inenarrables, conviven con la percepción de algunos, son utilizados como instrumentos de audioanalgesia por otros y son una desagradable distracción de la vida intelectual, la reflexión y el pensamiento para los menos. Para Víctor Nubla la escucha en silencio en sincronía con una caña de cerveza devenía en reflexión. Resultado de esa meditación compartida concordamos en que las tijeras han sido sustituidas por las maquinillas eléctricas, el sonido de la conexión desafinada de los ordenadores de sobremesa por los portátiles silenciosos, el sonido de rebobinado del VHS por el silente DVD, la hoja metálica que hace sonar al viento de la guadaña o la hoz ha sido conquistada por el rugido de la máquina cosechadora, incluso el sonido de lavar a mano desaparece y da paso al lavavajillas. ¡Ah! No podemos olvidarnos del datáfono, que sustituye a la bolsa de monedas tintineantes. Ahora solo escuchas el pic del pasatarjetas. ¿Acaso no es el sonido tónico en el supermercado actual?

¡Pic!

La revolución eléctrica prorrogó muchos de los efectos sonoros de la Revolución Industrial y añadió otros que le eran propios. En la actualidad los sonidos del agua se modifican por el cambio climático, los sonidos del aire y de la tierra sufren alteraciones constantes, los del fuego son más frecuentes allá donde se producen los grandes incendios, la vocalización de las aves se ve condicionada por la extinción acelerada de algunas poblaciones, los sonidos de algunos animales domésticos se reducen a su escucha en el mundo rural, se desploma el número de familias de insectos por lo que el estridular sinfónico y sus informaciones encriptadas desaparecen, la forma en que nos comunicamos cambia y con ella la utilización de los sonidos de la voz, los paisajes sonoros rurales y urbanos son modificados por el cambio en los sonidos domésticos, los de oficios, profesiones y formas de sustento, los de fábricas y oficinas, los de ceremonias y festejos e infinidad de sonidos mecánicos (las máquinas, el equipamiento industrial y de fabricación, la maquinaria de transporte, la maquinaria bélica, los trenes y tranvías, los motores de combustión interna, las aeronaves, el equipamiento de construcción y de demolición, las herramientas mecánicas, los ventiladores y aparatos de aire acondicionado, la maquinaria agrícola…), la calma y el silencio. La sociedad moderna comprende una amplia diversidad acústica y en permanente metamorfosis, donde algunos sonidos se reducen a lo simbólico a la espera de ser reemplazados para siempre. En este sugestivo popurrí sonoro nos divertimos orquestando los sonidos del futuro mientras asistimos a la historia de una desaparición.

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