Del espacio público a la ciudad como hipertexto orgánico

Jacobo Sucari

 

El capital privatiza el espacio material de la ciudad al tiempo que potencia nuevas dimensiones espaciales de encuentro y de intercambio virtual. En la ciudad contemporánea se conjugan encuentros presenciales y virtuales que se anudan entre sí, alterando nuestra noción de espacio compartido. Un espacio que se fragmenta a la vez que se expande y se multiplica a partir de la aparición de nuevas zonas de encuentro mediadas por un dispositivo técnico. La palabra, que se transmite de boca a oído, y la fricción de los cuerpos en el espacio común de la ciudad, se transmutan en el espacio virtual convirtiéndose en datos, donde la disposición a la multiplicidad fugaz de la información configura un paisaje urbano reticular – punto a punto; que dispone la ciudad contemporánea a la manera de un hipertexto orgánico.

El presente artículo indaga sobre las lógicas y nuevas gramáticas, que devienen de este espacio urbano y trans-urbano de anudamiento material y virtual.

1. El espacio de intercambio ciudadano.

1.1. El Ágora lugar de encuentro y debate.

La práctica urbana de reunirse en un espacio abierto a debatir sobre los asuntos de interés público en las incipientes ciudades- estado griegas, desde el siglo VII A.C. configuró un espacio común con unas coordenadas propias y con ello abrió sitio al desarrollo de nuevas dinámicas en las formas del comercio y la política. En la forma de tratar los asuntos de la polis y contrastar intereses en conflicto.

El Ágora, eje del centro político urbano generalmente situado en la parte baja de las ciudades, marca una clara pauta de su sentir y carácter frente a la Acrópolis, fortaleza o palacio situada en lo alto que representaba al poder religioso y político.
Las maneras de habitar la parte baja del entramado político, el Ágora, sugería un intercambio horizontal de las relaciones ciudadanas que halla su opuesto en la fortaleza amurallada del poder. Desde entonces, tomar el castillo, romper los muros, ha sido la metáfora de la sublevación contra el poder.

La toma de la Bastilla en la revolución francesa, la Plaza de Octubre en Moscú, Tiannamen en Pekín, Tlatelolco en México, Puerta del Sol en Madrid, la plaza Tahrir de El Cairo, marcan algunas de las épicas espaciales de las grandes sublevaciones urbanas que encuentran en el referente espacial un punto de anclaje para el cambio revolucionario, que busca quebrar el devenir lineal del tiempo y aspira a crear un tiempo nuevo.

1.2. Del Foro romano al ciudadano anónimo.

El Foro en el mundo romano, equivalente del Ágora griego, se presenta como espacio planificado en las nuevas ciudades donde ya surge en forma de proyecto, de espacio diseñado. Se construye así un espacio de intercambio ciudadano que se cierra con pórticos y que con el paso del tiempo dará pié a la plaza pública y a nuestra idea comúnmente aceptada de que hay espacios abiertos, aunque diseñados, que son un bien común, y otros espacios privados, interiores, de uso particular.

La oralidad fue durante muchos años la forma predominante del intercambio de información en el espacio común, en este espacio político de discusión y contraste. Como señala García Barba (2016):

“La civilización ateniense construyó su arquitectura y sus ciudades teniendo en cuenta una característica humana esencial: la voz que abre la puerta a la palabra”.

Una palabra del bien común que en un principio habría estado más cerca del canto y del rito, y que se transforma en las fricciones del espacio público en gesto y réplica, es decir, deviene comercio y política. Esta oralidad y espacio de intercambio a través de la palabra se transforma necesariamente con el surgimiento de la imprenta durante el S. XV, cuando las formas sociales de comunicación de la imagen-letra constituyen un nuevo espacio simbólico; el del texto.

La expansión y transversalidad que se crea a partir de la comunicación masiva de la palabra escrita superpone tangencialmente el espacio íntimo y privado del sujeto (el escriba), con el externo y público (la ley). El libro permite una distribución horizontal del pensamiento anteriormente reservada al habla, pero transforma ese espacio público de fricción, de encuentro y debate.

La palabra emitida en el espacio abierto del ágora podía circular libremente, y esa liviandad en el vuelo de la palabra, su propia dinámica de lo efímero, era lo que configuraba las características del espacio público como espacio político del común y de crítica del poder.
La siempre conflictiva relación y el choque de intereses entre el espacio público y privado que ha ido atravesando tensiones y transformaciones a lo largo de diversos modelos urbanísticos, se ha ido radicalizando en los últimos años debido a dos movimientos en apariencia inconexos: Por un lado la irrupción del capital financiero en la regulación y en la especulación del espacio urbano, con lo que nuestra heredada noción de espacio en relación a su función de uso y de bien compartido pasó a constituirse como una materia prima más dentro del entramado del intercambio mercantil. Por otro lado, los flujos de inmigración y la precariedad del trabajo, que debido a las guerras y crisis sistémicas que el capital impone han ido variando los modos vivenciales de las grandes ciudades, las redes de solidaridad y relaciones vecinales de los barrios.

Al igual que el petróleo, el agua y sus profundidades marinas, al igual que la flora y fauna y los minerales, es decir todo aquello que el capital expansivo de las metrópolis percibía como materias primas extraíbles de las colonias; el espacio es hoy también una materia apropiable y por tanto consumible. De esta manera el espacio no es ya un contenedor de intercambio social, de uso y cobijo, sino de especulación, deviene mercancía. Los barrios cerrados y la fragmentación urbana son consecuencia de esta re-significación del espacio (ROJO MENDOZA, 2014).

Este plegamiento de la percepción del espacio, antes un elemento abierto y con valor social, derivó hacia una operatividad de intercambio de valor y como generador de divisas, transformación que propició la ingestión de lo público por lo privado mediante el trabajo conjunto de la administración (pública) y el capital (privado).

Este avance de lo privado sobre lo público en el ámbito urbano ha sido suficientemente descrito por diversos analistas y urbanistas en los años en que la transformación de las principales ciudades globalizadas propició procesos demoledores de especulación inmobiliaria, de gentrificación y de discriminación espacial.

En especial, los importantes trabajos de la escuela anglosajona: Atkinson, Butler y Harvey, entre otros.

2. Economía del espacio: La virtualización del espacio en la era de internet.

La ciudad moderna que inauguró el siglo XX, se erigía como un espacio donde confluían la ciudad-fábrica, la ciudad dormitorio y también la ciudad de bienes culturales e intercambio. La burguesía requería entonces un urbanismo ilustrado para poder desplegar sus costumbres, deseos y transacciones, un tipo de ciudad que con el paso del tiempo se ha ido comprimiendo, trastocándose en una ciudad-comercio donde las estrategias del capital se manifiestan determinando las necesidades espaciales y temporales de los flujos, tanto de seres humanos, como de bienes materiales. Esta dinámica establecida por el capital controla los vaivenes de las necesidades laborales, dirigiendo el flujo de las migraciones, de los precios de las viviendas en los distintos barrios y de los salarios, que irán además asociados a los flujos de abandono institucional de zonas metropolitanas precisas, creando un círculo de violencia y abandono que propicia la constitución de zonas enmarcadas como seguras, frente a otras de bajo valor mercantil, que son las inseguras.

La seguridad pasa así a ser un bien con un valor de cobro que fija el precio del espacio. Al privatizarse la seguridad en barrios controlados y en las superficies de los grandes almacenes, el espacio común se abandona y pierde en esta dinámica de imposiciones, su sentido y sus vínculos históricos, ya que no garantiza un intercambio dinámico de sus habitantes, sino que retrotrae estos espacios a formas degradadas donde se impone un aire pre- civilizatorio, aparentes zonas salvajes autónomas donde las tribus urbanas campan a su aire (Muggah, 2012). Cualquiera que haya vivido un tiempo en alguna de estas zonas de la ciudad global, sabe, que a pesar de la violencia real, no son espacios salvajes, pero el capital así los categoriza, otorgándoles un valor nulo en espera de futuras especulaciones.

Esta dinámica de imposición y control de los flujos urbanos que podemos reconocer en la mayoría de las urbes donde el abandono institucional y la no intervención aparece como una estrategia neoliberal frente a la pasada tradición burguesa de un proyecto urbano ilustrado, significa precisamente un aumento del control y una voluntad de dominio absoluto de los flujos sociales, económicos y políticos. Nudo muy difícil de romper en cualquiera de las urbes contemporáneas, donde tras más de 30 años de presión y de imposición de una re-organización del espacio en función de las relaciones inmigración/seguridad/abandono público, se configuran territorios en un estado de rigidez social y control de los flujos que responde solo a las necesidades de ciertas mafias vinculadas a formas del capital financiero y especulativo.

Cuando las estadísticas señalan que el más del 70% de la población mundial habita en ciudades, con mayores densidades en los países con más diferencias económicas entre su población, la diagramación del espacio urbano señala una ordenación vivencial de primer orden.
Las tendencias que podemos observar en la compresión del espacio público en nuestras ciudades reflejan un cambio de paradigmas en la forma de habitar y compartir la ciudad. Sobre todo son reflejo de la manera en que gestionaremos de aquí en adelante los contactos interpersonales de carácter público y privado, con desconocidos y amigos.

La situación de especulación en los barrios marginales de las grandes ciudades, es una noticia que aparece continuamente en los medios periodísticos. Favelas o villas miserias saltan así a las primeras planas de los medios de información, ofreciéndose como reclamo a la especulación urbana.

La ciudadanía, aparentemente predispuesta o resignada a ver comprimirse el espacio público que habita debido a factores como la masiva afluencia de turistas, o por la violencia de sectores marginados en barrios urbanos, violencia real o instrumentada por los medios de comunicación, asiste en forma pasiva al surgir de un espacio virtual de intercambio urbano que ha ido desarrollando nuevas estrategias vinculantes en las formas de encuentro del sujeto contemporáneo. Y llamamos pasivo al surgir de este espacio virtual, ya que es importante notar que este espacio no surge desde la interacción ciudadana, sino que surge para la interacción de un nuevo ciudadano que se activa a partir de la mediación de un dispositivo técnico.

Ahondando en las huellas de la imprenta y el libro, de la pasada dimensión electrónica global de la TV, y ahora de la cibernética, se han creado nuevos espacios virtuales, no solo formales o imaginarios en relación a nuevas geometrías posibles en dos o tres dimensiones en una pantalla, sino también en cuanto a las maneras que puede adoptar la comunicación social. Esos espacios virtuales de intercambio social que transitan entre lo múltiple y lo individual, entre lo público de las redes sociales y lo privado del móvil, se abren a interpretaciones desde una nueva transversalidad que modifican las formas contemporáneas de vivir, comprender y analizar el espacio público y privado (Zeynep, 2015).

En esta dimensión virtual del espacio como campo expandido, el desarrollo de las redes de conexión social por Internet potencia nuevos ágoras y espacios de encuentros (fórums) que surgen a partir del estímulo de grandes corporaciones, pero sin necesidad de construcción matérica, ni fricción corporal. Seguimos visualizando y categorizando como un espacio, a ese marco de encuentro a través de Internet, aunque quizá se trate de otra dimensión espacial (y mental) del intercambio.

Desde el ámbito de lo privado, el sujeto entra en la dimensión de lo público, y este nuevo espacio público de contacto se configura además como un nuevo espacio de producción y de distribución. Adquiere las maneras del consumo y casi siempre, las lógicas y el lenguaje del marketing.

El espacio virtual, de todas maneras, a pesar de ser una noción clave en el mundo contemporáneo, no es una categoría espacial nueva, sino que viene siendo analizada desde el surgimiento de aquello que se denominó en los años 60 del pasado siglo como la esfera pública generada por los medios de comunicación de masas.

El texto de Oskar Negt y Alexander Kluge, “Esfera pública y experiencia” (1972) hoy un clásico fundacional sobre las características de esta fase mediática en expansión, se propuso analizar las contradicciones entre esfera pública y esfera privada. Su intención consistía en establecer algunas pautas experienciales sobre la posibilidad de construir una contra-esfera pública, una esfera pública de resistencia a la imposición hegemónica de la globalización en ciernes. En el análisis de esta esfera pública burguesa, una esfera pública de contenidos culturales vinculados a la ideología dominante, lo que se remarca es precisamente la ruptura de límites precisos, límites anteriormente bien delimitados entre esfera pública y esfera privada. Los cambios en los modos de producción del capitalismo, y por tanto en las experiencias y los imaginarios sociales engendraban nuevos espacios y diluían otros que en el pasado estructuraban una experiencia de clase: lugar de trabajo, centros sociales, marcos de cohesión familiar. Espacios que indefectiblemente se iban transformando.

A más de cuarenta años de esta publicación, la aparición de la nueva esfera pública que inaugura Internet, conlleva y hace necesario un desplazamiento de los planos de discusión entonces propuestos.

En nuestra esfera pública contemporánea, el espacio se deslinda del cuerpo material y lo que era energía humana (calor) en el contenido del espacio se transmuta ahora en código binario. Ese espacio sin materia, que es privado (pagamos a un servidor, pagamos el móvil), nos permite articular un contacto público; de manera que en el nuevo fórum digital con conexión instantánea y sin límite espacial no tiene cabida la fricción corporal ni los tiempos de transmisión lineal de la palabra hablada. La desmaterialización del cuerpo genera un espacio de conexión que nos abre al conocimiento, el conocimiento del otro en un presente continuo. Sitúa la comunicación en un ámbito de intercambio horizontal. Metafísica de las relaciones humanas incorpóreas dispuestas a todo intercambio, siempre y cuando ese todo, anule esa fricción inter-personal capaz de generar conflicto. ¿Pero, de todas maneras, cuáles son los límites que sugiere ese espacio virtual?

El filósofo Henry Lefebre (1968) analizando la importancia del contexto y del espacio compartido remarcaba un concepto que quizás hoy para nosotros sea ya un lugar común, pero que no lo fue en su momento. Según Lefebre, el espacio permite, sugiere, y también prohíbe ciertas acciones. Ya no es el tiempo de la historia el único responsable de los cambios y las utopías, sino que Lefebre le da un lugar preponderante al espacio. Esta función del espacio que enmarca y sitúa las relaciones sociales se prolonga en la categorización que desde el ámbito de la filosofía y el lenguaje remarca Santiago Lopez Petit (2010) cuando señala que en el espacio común es la palabra la responsable de cuestionar la razón del poder.

Ese espacio compartido que enmarca los cuerpos y delimita las formas de las conductas sociales es también un espacio de la palabra compartida y del cuestionamiento, metáfora crítica del sonido de la voz humana que merma en la nueva interface textual de la comunicación virtual ya que es un espacio común que integra, no cuestiona.

Desde esta perspectiva determinista del poder del espacio sobre los cuerpos, cabría esbozar entonces cuales son aquellas “ciertas acciones” que hacen posible el anudamiento de un espacio virtual con otro presencial; que conductas se priorizan y cuales se desechan.
En “Ecología de la metrópolis”, Rodriguez (2008-1-3), plantea una ciudad contemporánea compuesta de dos polos contrapuestos. Por un lado:

“…estructuras fugaces, espacios precarios, móviles, en permanente transición; una suerte de instituyente no cancelado, que parece ser parte incorporada de la velocidad metropolitana, de su heterogeneidad constitutiva.”

Y en el polo opuesto, esto es, en la dimensión de la innovación del mando:
“los nuevos medios de segregación socioespacial, la rigidificación de las fronteras raciales y de género (rigidificación por multiplicación y superposición en espacios cada vez más complejos), la gestión urbana por medio de la generalización del miedo racial y social, la precariedad constitutiva de la forma de vida metropolitana, la brutal descomposición de los marcos éticos y materiales de una existencia aceptable…”

Hemos pasado de la ciudad burguesa, aquella ciudad de la utopía de la ilustración, a una ciudad que:

“… ya no es el taller industrial o la gran fábrica (definitivamente en crisis en todo el hemisferio norte tras la crisis fordista, la reestructuración y los procesos de deslocalización), sino el territorio mismo, como trama compleja de relaciones de cooperación y de simbiosis, lo que compone el sustrato de la innovación social y de la producción empresarial.”

La toma de plazas por el movimiento ciudadano tal como se vio en Europa, América y las primaveras árabes volvió el espacio público al centro del debate por el poder real. La plaza como espacio simbólico de la rebelión, en una nueva dinámica de fuerzas donde desde la red se recupera el territorio, y donde además se pasa asimismo del territorio a la web de manera de configurar un espacio ciudadano en forma de hipertexto, un espacio de ida y vuelta entre la calle y lo digital.

La dinámica de crisis y conflicto entre espacio público/privado, tiene su reflejo en el ámbito de las comunicaciones en red y el espacio virtual en la contraposición de software libre o el software de propiedad: códigos abiertos contra códigos cerrados. Ambos modelos coexisten y enfrentan una misma lucha, que es una lucha que viene de antiguo, entre el bien común o la propiedad privada.

Esta ciudad hiper-conectada que adopta y reproduce las condiciones de la producción empresarial y el lenguaje del marketing, adopta modelos de acción originales que intentan aprovechar esta trama compleja de conexiones donde la ciudad se representa a manera de un hipertexto orgánico, es decir donde unos nodos conectan con otros y tejen una malla en la que el ciudadano puede actuar como productor y consumidor, en la que puede recibir y generar información, y en determinadas instancias, comprometerse de manera presencial en actos sociales masivos.

La paulatina confusión de la esfera pública y de la privada se organiza así en espacios duales donde se entrelazan los espacios materiales con otros alternativos de carácter virtual.
Internet, con su potencial de conexiones horizontales aparece muchas veces como un espacio alternativo de resistencia viable frente a la compresión del espacio público de la ciudad. Lo múltiple cuantitativo de las conexiones en red, se hace así plataforma de exigencia y presión del orden impuesto por el nuevo urbanismo de la ciudad global. Una estrategia para reivindicar un nuevo orden de lo material desde un entorno virtual.

Esta realidad compleja, este anudamiento dual entre el espacio presencial y el virtual actúa como catalizador de los conflictos entre la privatización y el desarrollo de lo común, ya que la mercantilización del espacio junto con la gentrificación de grandes zonas de la ciudad ha variado el orden político del espacio público urbano, su definición y también las formas que había adoptado hasta el presente.

El choque entre la enorme velocidad de gestión y flujos que definen el espacio virtual, con sus potencialidades hiper- conectivas en tiempo real, y las lentas pero determinantes reacciones de los movimientos sociales en el espacio presencial de la ciudad, augura una dislocación de los procesos de gestión urbanística que necesitarán de relatos transversales para lograr descifrar y movilizar las nuevas tensiones surgidas entre lo común y lo privado.

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