VISTO Y NO VISTO; LO INFRALEVE, LA GUERRILLA Y LA ACCIÓN DISIPATIVA

Palimpsesto estepario, fecha indeterminada

Palimpsesto estepario, fecha indeterminada

Esto pretende ser una muy coherente incursión en el terreno del ensayo y del experimento. Experimento con derivas a través de terrenos que tienen que ver con las nociones de espacio, de situación. Y también de prácticas de resistencia, de guerrilla y de movilidad disipativa. Uno se acaba percatando de que lo más justo es exponenciar lo propio del ensayo y, lejos de proponers su glotona liquidación en aras de algo parecido a un lib(elo) o a un lib(ro), aventurarse a ensayarlo. Ensayar un ensayo. Esta perpetuación de lo incipiente puede culminar en algo que jamás pueda darse por terminado o ni tan sólo por formado, pero son los riesgos de la exploración.  Lo que supone que éste no debería ser leído de manera homogénea, sino verse constantemente interrumpido por otras consideraciones aún más urgentes en ese momento, y efectuarse por lo tanto como una especie de guerrilla en el seno mismo de este espacio escrito y pensado. De hecho no está claro ni siquiera que algo en él venga necesariamente antes o después de otra cosa.

Escena 1: La Masacre

Exterior Día (o Noche)

La paleta de color ha decidido optar por un espectro tan escuálido como la cabeza del caballo que relincha agonizante en medio del sangriento barullo. El desencaje de las figuras es absoluto, y sus gestos y expresiones aparecen tensionadas en una serie de rictus más allá de los cuales no parece adivinarse nada más. La masacre ha llegado a tal estado de enajenación física que se ha hecho del todo autosuficiente. Autosuficiente i omnivisible. No hay reverso posible ni otra dirección a la que proyectar la mirada. Convertido, por obra del imaginario colectivo y de la argucia individual, en un cuadro del que no hay escapatoria posible, El Guernica es posiblemente el mayor ejemplo de la sobreexposición del horror y, con él, de la denuncia. Nada vamos a discutir aquí sobre lo que pueda haber de encomiable en su mensaje o de retruécano en su estética. Lo que nos concierne tiene más que ver con la manera en como el cuadro mismo afronta el hecho de intervenir en el estado de las cosas. Picasso exorciza un plano – secuencia totalmente explícito (cabe decir aquí que el pintor jamás fue un defensor de las sutilezas, precisamente) dando a entender con él que el conflicto es, necesariamente, algo que se deja ver y que hay que ver: tanto si atañe al desastre como a la oportuna respuesta moral que debe ejercerse ante el mismo. La acción ética e histórica de El Guernica parte de una insoslayable persistencia retiniana: nunca vamos a dejar de ver esa escena, por mucho que cerremos nuestros ojos a cal y canto o que emigremos al rincón más alejado del planeta. Y también nos entrega una tesis: la utilidad del cuadro reside precisamente en eso. Su llamada a filas se basa en el poder que le otorga el que nada ni nadie pueda hacerlo invisible.

Escena 2: El Héroe

Interior (o Exterior, dependiendo de la época del año), 100 % Algodón, Diversos Colores

Hay que ver qué porte, qué osadía ésta de plantarse ante las raíces mismas del mundo y sus infiernos y mirar desafiante un horizonte ensangrentado que huele a tabaco y también a billetes de dólar recién quemados. Pero al fin y al cabo los héroes, los puntos de inflexión de la historia a partir de los cuales experimentamos el arrojo de canviar por fin de idolos, tienen estas cosas. No se ocultan, no se parapetan tras las socorridas instancias gubernamentales o tras el plumífero vaivén de los acuerdos y los protocolos. No, los héroes son seres visibles que combaten a sangre, roca y piedra, son seres tan seres, tan metafísicamente expuestos a su propio devenir, que no dudan ni un instante en cruzar el límite de sí mismos y convertirse en algo que les trasciende. En algo que los drena al mismo tiempo que asienta firmemente los trazos de lo que será su futuro escudo de armas y su flamígero retrato de combate. Un avatar de la lucha y la resistencia tiene la obligación de ser siempre un futurible retrato, lo que conlleva que su espíritu debe mostrar una más que amplia disponibilidad a la representación. Es el todo icónico y polvoriento, imagen y semejanza de sí mismo. Las facciones del combate campo a través son las facciones de su rostro, el campo de batalla y su poblador se integran en una faz que todo lo absorbe y todo lo proyecta. Vívido, visible y omnipresente. Algo debe de haber en su ánimo incendiado que, a través del tiempo, les haga saber ésta y otras verdades. Ernesto Guevara sabe ésta y otras verdades. Me las transmite con la convicción de la que sólo pueden presumir los héroes, los líderes. Ante semejante hecho explícito, ante semejante invitación a la resistencia orgullosa que percibo en ese rostro tenso y morenazo, sólo me queda asentir, y espetarle un murmulloso “gracias, compañero” al dependiente que me entrega la camiseta dentro de una bolsa de plástico.

Escena 3: El Interludio Lírico

Interior – Exterior y sucesivos, Alba – Crepúsculo

SIR PETER O’TOOLE INTERIORIZA A SIR LAWRENCE DE ARABIA

Pizcas de tierra batida
tiznándome los ojos.
Y yo, con las manos libres
etílico
sin pluma
intento dibujar
en medio de una tormenta
de polvareda amarilla
el oleaje de lo no visto
pero que a la sangre abrasa:
el rumor de la rebelión,
infierno para una paz coartada:
sublevamiento en la infinita
aridez del desierto,
dispersa circonfusa
reconquista del propio espacio.
Airado vibro la lengua enjuta
que ya es lengua absuelta,
tintada con el rojo
sangre del Imperio:
-Sin prisioneros,
-¡Sin prisioneros…!

Tramas

Siendo honestos, el propósito fundamental de este texto debería ser el de resultar incómodo a la lectura. Y no nos referimos a una incomodidad política. No se trata de soliviantar conciencias ni de postularse como un epígono de la incorrección en su enésimo avatar. El asunto no tiene nada que ver con alquímias ideológicas ni con revelar certezas groseras. Si nos referimos a incomodidad es porque el texto debería ser incómodo de leer. Literalmente. Poco agradoso en su textura escrita, nada pródigo en lo que respecta a los protocolos que hacen de un texto algo que muy a menudo incurre en solícitos pactos de salón con el fin, saldadas las cuentas pendientes, de darse a entender. Pues nada de eso. Ni darse ni entender. Lo que aquí debería producirse está más cerca, en todo caso, de un acto de amago y de un proceso de desconcierto. Un texto que llegue para irse -bajo condición de hacerlo por una puerta distinta-, una escritura convertida en un catálogo de cicatrices, carne muerta y viva al mismo tiempo, hendiduras en el tiempo del discurso.

Dicho así, uno debería quizás agudizar todavía más el compromiso con la honestidad y plantear que el texto, en sí mismo, no debería tener un propósito y mucho menos un fundamento. Debería brotar inopinadamente allí donde el lector se topara con él; zarza en llamas surgida de la nada, brote alergénico y rabioso. Al fin y al cabo, lo que aquí se pretende no es ningún ejercicio discursivo. No se va a plantear la necesidad de hacer nada en concreto y menos aún de evidenciarlo. Es quizás algo más parecido a una práctica humorística -nada más lejos de la risotada-, algo más cercano a aquello que Deleuze definía como una “nebulosa sobre la que caen los latigazos”: predisposición disoluta a mancillar, con determinación neblinosa, toda idea de paisaje. Y de hacerlo con las sabiendas de alguna buena tunda. Algo parecido, también, a un mecanismo gozosamente defectuoso.

Golpear y desaparecer y golpear y ser golpeado y desaparecer y ser desaparecido y golpear y desaparecer y

[y]

[la incursión neblinosa, la espectralidad, lo casi, operan siempre por adición, nunca por sustracción o por disyunción.

la pérdida, la desorientación, el humor y la guerrilla no son el resultado de despojar el estado de las cosas de algo propio, sino de añadirle algo que le es ajeno. un movimiento dislocado, un invitado incierto.

es lo que Derrida llama el “peligroso suplemento”: aquello que se añade a la realidad y que la aproxima, paradójicamente, a su propio extrañamiento. esta escritura debería ser el peligroso suplemento de lo que usted, lector, espera confortablemente que sea la escritura.]

Evidencias y recortes

Paul Virilio no fue el primero en decirlo, pero sí quizás el que más se apresuró en hacerlo; como quien no dice la cosa: lo visible está íntimamente ligado con el lugar del control. El haz de luz transforma el espacio abstracto en el que cualquier cosa puede suceder en el lugar en el que sucede lo que sucede. Y así se vuelve objeto prístino de control. La farola es el antepasado de la cámara de videovigilancia. En este asunto podemos ir siguiendo (en la medida en que se dejen seguir, lo cuál es por suerte relativo) otros tercios: por ejemplo, el que nos pone sobre la pista de cómo al poder dejó de interesarle represaliar, castigar o simplemente liquidar al individuo, optando, contrariamente, por preservar su corporeidad y no sólo eso: hacer su presencia más visible. Darle notoriedad, convertirlo en un lugar atiborrado de significaciones en el que fuera posible establecer mil y una estrategias de control. Y lo prioritario, para controlar un cuerpo, es localizarlo. Conocer el dónde. Pero también el cuán a menudo, el con quién, el por qué por allí y no por aquí. A toda esta operación de detección y seguimiento le siguen, después, sus corolarios y correlatos incidentales: normativización y regulación de los espacios, distribución de los movimientos, contemporización de los actos. Sólo cuando alguna de estas operaciones quirúrgicas falla ( y fallar supone, en estos términos, hacer algo que esté fuera de lugar), el aparato de control se vuelve grotesco, recupera toscos arcaísmos e incurre en espasmos de suplicio.

El control económico también tiene su mode geometrico, y su fórmula es aplicable a lo dicho y a lo que pueda decirse.

(€ –> e – e / x)

Algo como un drástico recorte financiero en determinados sectores y servicios públicos (educación, sanidad, etc) tiene, en última instancia, una determinación topográfica: con ello se pretende desplazar determinados elementos (individuos o grupos), reordenar las piezas del tablero por medio de ejercicios de presión y asedio, de manera de algunas de estas piezas se vean obligadas a distribuirse en otros emplazamientos, posibilitando así un nuevo orden en el juego. El recorte de los recursos económicos, materiales, estructurales es, en última instancia, un recorte del espacio. Cartografía del far west: no hay sitio suficiente aquí para los dos, forastero.

Así lo vemos: el control opera por sustracciones en el contexto de un juego muy serio de visibilidades y evidencias. Algo muy distinto a esos desconcertantes añadidos que las situaciones brumosas y las neblinas humorísticas aportan a la realidad. El laberinto se vuelve en un caso trazado geométrico (y por lo tanto, a la larga, resoluble por medio de la supresión de posibilidades), mientras que en el otro deviene desierto, estepa: vastas y crecientes extensiones de indefinición, ideales para el escondrijo, la visión panoràmica y el fulgurante movimiento nocturno. Lugar manifiesto en un caso, espacio latente en el otro.

[El laberinto clásico funciona sobre una premisa: el Minotauro existe sólo para hacerse visible a ojos de Teseo. Sin la coagulación del misterio bajo la forma de un monstruo que espera pacientemente agazapado, el laberinto de lo razonable no ejecutaría su último compás. El laberinto mantiene cautiva a la criatura, pero sólo aparentmente oculta. En el fondo, refuerza su visibilidad en tanto resulta necesario encontrarla, localizarla, para resolver el propio misterio del laberinto.]

Movilizaciones

El inaprehensible tamiz a través del cual el poder instituido ha transformado el espacio público (al que también podríamos llamar espacio urbano) hace de todo acto pretendidamente inusual que se lleva a cabo en él un acto manifiesto. La urbe se rige por un entramado de puntos focales y zonas de registro movidas por una pulsión escopofílica, y por lo tanto, cualquier acción que se exponga a este control impúdico no hace más que alimentarlo y llenarlo de razones. De instrumentos de recarga. Las cámaras de seguridad ubicadas en esquinas estratégicas, los radares de detección en las carreteras, los puntos de control que es establecen en los distintos flujos de circulación de personas, todas esas fases de condensación y coagulación retiniana del devenir anónimo, han sufrido una sutil metamorfosis en lo que a su razón de ser se refiere. Empezaron siendo una estrategia preventiva ante hipotéticas amenazas revoltosas, como instrumentos de captura de salvedades. Agazapadas en los claroscuros, situadas en puntos ciegos de la atolondrada visión ciudadana, operaban como registros que servían a un propósito de localización específica. El asunto era trabajar desde la opacidad con el fin de hacer visible lo que, de normal, pasaba desapercibido. Hasta que se cayó en la cuenta de que no era necesario ese revestimiento, porque el flujo humano, bajo determinadas condiciones y circunstancias (cada vez más usuales), tiene una tendencia natural a hacerse visible. Se abraza al convencimiento de que esse est percipi: ser es ser percibido. Se hace innecesario incluso el principio de individuación disuasoria: “centenares de cámaras te vigilan / pero en el fondo no te importa / a quién si no le demostrarías que sigues ahí?”

“Si nadie nos ve, si nadie nos escucha… No somos nada”

Ante eso, el camino está felizmente trillado. La captura visual del individuo y de la muchedumbre no forma parte de un estado de excepción, porque esa muchedumbre ha interiorizado una politización de su propia vida por la cuál lo más normal, en lo que a dignificación de la acción civil se refiere, es compactar su propio flujo, molecularizarse y cristalizar en un evento explícito, y a poder ser, prolongado. Ampliar el tiempo de exposición. En consecuencia, nada más acorde con la topología de lugares manifiestos que el poder maneja que, precisamente el acto manifiesto por excelencia: manifestarse.

Toda manifestación ciudadana es un auténtico drama semiótico. En ambos sentidos: por acto representado y por lo dramático que resulta. Quizás revuelva alguna conciencia demasiado estomacal o algún estómago demasiado concienzudo hablar en estos términos, pero es así. A la sobreexposición a la que la multitud se somete hay que añadir el dispositivo de enunciación y discurso que en ello se injerta, y que agrava la sobreexposición de los cuerpos con una sobrecodificación de los mensajes.  Todo en una manifestación es pura representación de una ausencia: ausencia de flujo -su espacio lo ocupa la multitud-, ausencia de verdaderas situaciones -reemplazadas por recorridos pautados y paradas estratégicas-, ausencia de signos amenazantes -sustituidos por logos, consignas y, por supuesto, manifiestos.

[nada que ver con la metáfora de las “mareas humanas”: las mareas son un influjo cósmico, su punto álgido se da durante la noche y su movimiento es incesante y retráctil. Las mareas son un milagroso fenómeno de contagio entre el magnetismo y la liquidez del mundo, son pura immanencia que se revuelve en un sueño nocturno y desaparece con la visible placidez de la mañana.]

Notas sobre poderes

A estas alturas del entramado volvemos por una noción que bien pudiera parecer agotada desde hace ya algún tiempo, desde que se hicieron las taxonomías definitivas tras las cuales parecía que no quedaba nada por dilucidar. Pero el poder es cosa importante, quizás la más importante, porque refiere a las dos formas que tiene el ser humano de relacionarse con la exterioridad: la afectación y la efectuación. Afectar o verse afectado por cuerpos y situaciones. Efectuar estrategias para modelar esas afectaciones. Ambas son intervenciones en el espacio, en sus dimensiones y texturas. De lo que extraemos que el poder es fundamentalmente un asunto espacial. Y más concretamente una economía de esos espacios: cómo se regulan, cómo se ocupan y desocupan, como se interfiere o libera la dinámica vital de quienes circulan y habitan en ellos. Cómo se gestiona su valor.

Existe un poder que hasta ahora parecía ser el único poder existente: el que emana de lo instituído y se ejerce por la comodidad que otorga el sentirse no legitimado, sino impune. El poder institucional o mejor, el poder instituído, puesto que actúa siempre como una acción consumada, un participio verbal que no deja opción a otras conjugaciones. Pero hay otro tipo de poder, un poder cuyas efectuaciones y afectaciones no aspiran a instituir nada, sino precisamente a socavar lo instituído. No es una negación, puesto que sus dimensiones no son análogas al otro tipo de poder y por lo tanto no existe una confrontación simétrica. El poder instituído lleva consigo, por si acaso, el gérmen de todos los contra-poderes que pudieran darse. El otro poder actúa en los intervalos del primero, en sus puntos ciegos, y al mismo tiempo en sus superfícies más vastas. Actúa, fundamentalmente, allí donde resulta más difícil ser percibido. De ahí que hablemos de él como de un poder disipativo, o evanescente. Puede parecer una forma de poder algo endeble, en comparación con la maquinaria de la que dispone el poder instituído. Pero considerar la qualidad por la cantidad nos parece a estas alturas un recurso insostenible. Sabemos poderosamente, desde Nietzsche, que lo ligero puede resultar inabordable. Y desde Freud conocemos la capacidad que tiene la cultura de hincar la rodilla ante el empuje de un simple fantasma. Así que no se nos ocurra menospreciar las capacidades del poder disipativo, por favor. Menos aún teniendo en cuenta que dicho poder es todo él, en el fondo, pura posibilidad.

Existe una nada sutil diferencia en la manera como el poder instituído y el poder evanescente o disipativo -guerrilla- intervienen en la economía del espacio:

-El poder instituido, derivación tardomoderna del aparato de captura y depredación capitalista, opera una usurpación del espacio por medio de una ampliación y amplificación de códigos y de una saturación de legalismos. El espacio vital ve reducido su sentido a través de una ampliación de significaciones. Allí donde todo está previsto ya nada resulta posible. Los lugares que genera y gestiona el poder instituído son por lo tanto lugares comunes, en los que todo cuanto puede llevarse a cabo es la circulación tautológica de la información: un juego de inputs i outputs ya contemplado.

-El poder disipativo, por su parte, opera un movimiento distinto: en apariencia interviene recortando parcelas, avanzando por medio de la incidencia en puntos concretos del territorio (eliminando barreras, extrayendo a demarcaciones específicas su estatuto legal, atentando contra la integridad del cuerpo político, en definitiva), pero lo que en realidad hace es añadir un suplemento fantasmagórico, que amplia el espectro de lo posible por medio de una reducción de lo evidente. Un ocupante inesperado, un trazado no previsto, un uso del espacio no legalizado, una nueva distribución de afectos sobre el territorio.

-El poder instituído anhela la acumulación y concatenación ordenada de cuerpos-código. Complica (cabe decir que lo complicado no es lo complejo) la narratividad de los acontecimientos por medio de la esclerotización de sus pliegues ficticios e imprevisibles. Por su parte, el poder disipativo busca lo translúcido y la fugacidad de lo no explícito ni expuesto, incluso de lo neutro. Simplifica la narratividad, erosionando los flujos codificados y sustituyéndolos por situaciones temporalmente autónomas.

-La formulación del poder instituído és 1n. La del poder disipativo es 1(n-1). Es decir, el añadido potencial que aplica lleva implícito en sí mismo una erosión del principio fundacional de lo unívoco y de lo estable. En este tipo de espacios es donde se dan las epifanías, que son situaciones límite en las que emerge el sentido, fruto de la confrontación incontrolable de la realidad con su propio fantasma [lim 1–>1(n-1)].

El poder instituido opera por preceptos enunciados. El poder evanescente y translúcido opera por afectos desquiciados.

-El poder instituido se ha apropiado del concepto presumiblemente liberador de la heterotopía, convirtiendo la heterogeneidad en un trampantojo que remite directamente a la multiplicidad de perspectivas en el ejercicio del control. El poder disipativo, en este sentido, es terriblemente anti-moderno. Tan anti-moderno como dadá. Remite a la utopía entendida como a-lugar. Pero no aquello que no tiene lugar (como dijo Baudrillard en su momento en relación a la primera Guerra del Golfo) ni el consabido no-lugar postmoderno. Sino aquello que no requiere ni busca un lugar: lo suyo es el espacio abierto, la inmensidad translúcida. La guerrilla, como el urinario de Duchamp, no se interpreta ni se expone: sencillamente aparece y sucede.

-La guerrilla, como el urinario de Duchamp, es la versión más perversa y al mismo tiempo diáfana del sketch. No hay que olvidar, en este sentido, que mientras que la revolución puede resultar irónica (en tanto que inducida desde las alturas), la guerrilla tiende al humorismo (que no a la comicidad), ya que emana desde abajo y desde allí mismo se expande y se distribuye. Genera pequeñas catástrofes sin remedio, mientras que la revolución se inserta en una lógica de desastres netamente dialéctica en la que dichos desastres son perfectamente reversibles.

Distribución de puntos emergentes en la nebulosa de los acontecimientos

Distribución de puntos emergentes en la nebulosa de los acontecimientos

Excursos sobre la efectuación de la guerrilla

Huelga decir que, con semejante caracterización -aunque tal vez sería más justo denominarlo bosquejo o aproximación- el concepto de guerrilla supone ante todo un concepto eminentemente práctico, una forma de pensar que requiere, ineludiblemente, de un espacio en el que efectuarse. Y dado que dicho espacio no puede ser un lugar (en el sentido de porción o acotación del espacio sometida a regímenes de codificación y a instancias de institucionalización), las consecuencias de todo ello en el marco de la Historia son más que relevantes…

La guerrilla no aspira a efectuarse en ni a afectar a la infrastructura (o el continuum material de los medios de producción), ni tampoco a la superestructura (el tejido de códigos y discursos que promueven la institucionalización así como la ideología). Ambos son lugares comunes de la revolución: en un caso dicha revolución aspira a tomar el poder y por lo tanto a reconfigurar dicha infraestructura (las revoluciones burguesas y proletarias), mientras que en el otro pretende influir en el poder por medio de una remodelación cualitativa de la superestructura (la revolución enciclopedista, pero también la revolución copernicana). La guerrilla, por su parte, no pretende ni puede llevar a cabo dichas efectuaciones, porque opera directamente fuera de cualquier estructura: al apostar de forma decidida por hurtarse a sí misma de todo plano unívoco, de toda localización de su praxis en lugares comunes, la guerrilla se hurta también de toda ansiedad estructurante y, con ella, de toda historicidad. Las revoluciones, tarde o temprano, aspiran a hacer (la) Historia. La guerrilla opera fuera de la Historia y, de esta manera, no sólo se sustrae a sí misma de la historicidad, sino que también sustrae a la propia Historia de su poder de convocatoria y de registro. Si la Historia tiene su razón de ser en documentar lo que ha pasado (y de esta forma asegurarse en cierta medida de que no vuelva a suceder, “lo pasado, pasado está”), la guerrilla introduce un elemento de delirio en dicha historia, al convertir el registro positivo en un interrogante: ¿qué ha pasado?

 [es la pregunta que se hace el ejército americano cuando se enfrenta por vez primera a las guerrillas del Vietkong, a su operatividad selvática y casi imperceptible. También se hacen esa misma pregunta las fuerzas regulares de Batista en los inicios de la rebelión castro-guevarista, que cuanto menos en dicho inicio tiene mucho más de guerrilla que de revolución. Es algo equiparable también a lo que le sucede a un lector habitual de novela cuando se enfrenta a los entresijos de un relato breve: acostumbrado al despliegue cronológico, visible y contemporáneo de la acción -cuanto menos en el concepto “clásico” de novela-, se ve desbordado por la potencia disipativa y la naturaleza espectral del relato, cuya intensidad literaria reside en buena medida en su capacidad para desvanecerse justo ahí donde el lector creía poder empezar a controlar su discurrir. “¿Qué ha pasado?”, “¿Qué es lo que he leído?”]

 ,lo que convierte su praxis y su potencial de efectuación en una situación siempre novedosa, porque en tanto que no histórica, siempre puede volver a suceder, y hacerlo con los rasgos imprevisibles de algo que, en realidad, jamás ha pasado. La guerrilla se despliega, como el mito, en el espacio inasible del eterno retorno.

Insistir en los pasos abiertos entre la guerrilla y dadá es aquí pertinente. En primer lugar, fíjense que dadá es, de todos los movimientos artísticos de esa heroicidad pre-bélica, el único que se resiste al sufijo -ismo. dadá no es dadaísmo. dadá es dadá, lo que supone que dadá es una instancia que emerge incontrolable fuera de los marcos la historicidad artística. Sin adscripciones a una temporalidad registrada (-ismo) ni a un sentido de la propiedad (también rechaza la mayúscula del nompre propio). De hecho, dadá aparece en buena medidad para soliviantar dicha historicidad. Sus aportaciones son muy similares a las que lleva a cabo la guerrilla en su intento de dislocar la historicidad de lo político y de lo social: acciones intensas, evanescentes, que no pretenden significar nada, sino tan sólo suceder. Son puro sentido de la praxis, pura afectación de la realidad por medio de una efectuación carente de dramatismo y de trama. La irrupción inesperada de un cuerpo guerrillero en medio de la jungla -o en medio de la urbe- es equiparable a la irrupción del urinario de Duchamp en medio de un museo. Ambos provocan un cortocircuito de doble calado. Por un lado están diciendo “no se molesten en registrarme, no formo parte de la historia, soy un fantasma que emerge en su borde exterior”, y por el otro, constatan que dicha irrupción es la sintomatología de una crisis en el seno mismo de la historia, de sus valores, instituciones y pre-juicios. La existencia de dadá y de la guerrilla, incluso (o sobre todo) en su dimensión translúcida, fugaz y carente de espesor, es la expresión misma de una cierta muerte del relato-historia-Dios. El relato de los grandes movimientos artísticos, el relato de los grandes movimientos políticos y sociales. De lo que cabe en el interior de un manual, de un mapa, de una plegaria.

La guerrilla, como dadá, da-qué-pensar, precisamente porque resulta algo casi siempre impensable en el momento de su irrupción, y dará-que-pensar porque su potencia de situación a-histórica los vierte como posibilidad futura en tanto algo que, en términos de realidad y de código, de lugar y de estructura, no ha pasado.

Performatividad intempestiva

La guerrilla no es un hecho histórico. No es un dato, algo dado. En tanto que se sustrae a la historicidad de lo consumado, la guerrilla se adecúa mucho más a la naturaleza de las situaciones y los acontecimientos. Su naturaleza es votátil, disipativa y performativa. Lo suyo no es el participio, sino el potencial inabordable del infinitivo y la constante fractura del gerundio. La guerrilla jamás será una conjugación estable (sido): su campo de operaciones tiene que ver por contra con lo virtual (el ser) y con lo performativo de su despliegue (siendo). Ahí también (o quizás fundamentalmente) se diferencia de la revolución; la guerrilla, en el sentido de la pragmática de los hechos, de la jurisprudencia del legalismo histórico, jamás ha triunfado. Jamás se ha impuesto como estado de cosas a nada ni a nadie. Si acaso puede pensarse en algo semejante a un triunfo, éste tiene que tomarse en su acepción de posibilidad abierta constante (la guerrilla está siempre en condiciones de triunfar) o de operativo de performatividad en constante movimiento (la guerrilla está triunfando). En el momento en el que se posa en el cenagal de lo ya dado, en el momento en el que la guerrilla se da por hecha, sencillamente desaparece. Muere por hipertrofia, fruto del contagio de otras realidades con las que se la quiere emparentar pero respecto las cuales no guarda semejanzas, quizás tan sólo recelos comunes.

En este sentido resulta pertinente anotar que la guerrilla no tiene por qué asumir -necesariamente- ciertas formas y estrategias. Especialmente en el actual contexto, en el que la geopolítica física ha dado paso a una geopolítica translúcida e ingrávida en la que el despliegue del conflicto difícilmente se da dos veces en el mismo terreno. El mundo está progresivamente complicado e imbricado, al tiempo que su aspecto se adocena. No pensemos pues en la guerrilla como algo necesariamente ligado a grupos de combate cubiertos de manchurrones destinados al camuflaje, ni siquiera en brazos armados de fusiles y pies envueltos en el cuero recio de una bota militar. La guerrilla, dicho sea de paso, no es tal o cual grupo humano, tal o cual manifestación concreta. La guerrilla es un concepto operativo, una modulación. Y como tal, adquiere una u otra forma en función del cartografiado en el se produce y del cuerpo de deseos y urgencias que lo posibilitan. Sigue siendo ese cuadro de hombres armados en la selva, pero también es otras muchas situaciones: una confabulación de multiplicidades anónimas en la red, una acción de desconcierto, un conjunto de gestos emergiendo en tanto que problemas aparentemente irresolubles en el plano de una comunidad supuestamente estable. La guerrilla toma muchas formas, pero se le pueden atribuir un conjunto de rasgos por medio de los cuales pensarla y a través de los cuales pensar. Podríamos decir que, desde un punto de vista genérico, la guerrilla es una máquina abstracta que se efectúa en lo real como conjunto de efectuaciones que provocan la disrupción del significado y la irrupción del sentido en el terreno de lo (presumiblemente) dado. No debe de sorprender que se le atribuya esta doble articulación: en tanto que potencialidad, que esquema infinitivo, la guerrilla posee una dimensión latente de maquinaria, en el sentido en el que habla Deleuze de ella. Una planificación virtual que tiene más de pulso poético que de estrategia militar. Un entramado de líneas e instrucciones posibles.

Por otro lado, la guerrilla muestra también una dimensión inmediata y fugaz de fenómeno performativo, de actitud urgente que se efectúa de manera precisa, micrológica, para después regresar al terreno de la bruma. En ese espacio de efectuación, la guerrilla sustrae al mundo una parte de sus significaciones asumidas y las contrarresta por medio de una acción que añade una x y una n: una incógnita indeterminada y un grupo de agentes, víctimas y beneficiarios múltiple. Un ronroneo catastrófico. Esa es otra diferencia respecto a los procesos revolucionarios. Allí donde la revolución instaura el terror como mediación necesaria, como antesala de desazón a lo que debe de ser una nueva utopía regente ligada a una unidad de legitimación (pueblo), la guerrilla inocula la catástrofe como instancia soberana de caos en el que aletea el fervor de una multiplicidad de acción (multitud). En la guerrilla habla la multitud, aunque el agente catalizador sea un sólo individuo o un sólo gesto. El pueblo y la revolución quieren darse a conocer, necesitan dejar su huella en el registro histórico porque es allí donde la instancia de representación a la que pertenecen encuentra su razón de ser. La guerrilla y la multitud, en cambio, permanecen translúcidos, porque forman parte del extraño conjunto de la acción directa, de la perseverancia hasta cierto punto imperceptible. La revolución y el pueblo generan postales, souvenirs. La guerrilla y la multitud generan en cambio afectos, sensaciones comunes que no requieren un marco en la pared on una página en el álbum para saberse a sí mismas. ¿Quién realmente desearía tener un urinario firmado en el salón de su casa? O mejor aún, ¿quién desearía hacer un hueco, buscar un lugar especial en el salón de su casa para exponer en él un urinario firmado?

Escorzos sin final feliz

Al principio de esta serie de bosquejos asomó la lengua T.E. Lawrence, si bien liminarmente evocado a través de palabras impropias. Sin embargo, esa invocación de la fórmula “sin prisioneros” (que también promulga su avatar fílmico) arroja algunas cuestiones interesantes. Trazos relativos a la forma en cómo esos procesos de efectuación y afectación que caracterizan el movimiento-guerrilla desarrollan una muy particular forma de emponderamiento, de agenciamiento. Cuando Lawrence proclama la necesidad de no hacer prisioneros, más allá de una cierta sintomatología de la crueldad, está evocando qué tipo de economía despliega la guerrilla para consigo misma: no hay apropiación, no hay captura de lo ajeno con vistas a construir un mecanismo de reserva y de intercambio, una economía del uso en la que los cuerpos sean concebidos como signos de una dialéctica más propia de los ejércitos e incluso de los bancos. La captura de prisioneros, así como el secuestro, convienen a una determinada forma de apropiación de la alteridad en la que el captor incrementa su poder en base a la usurpación del o de lo capturado. Una forma de interlocución que genera mecanismos y cálculos de equivalencia, en el que las personas, los bienes, las municiones o las porciones de terreno son reducibles a una condición de signo cuya circulación y cuya acumulación definen el mantenimiento de un estado de cosas que trasciende el fragor puntual del conflicto bélico. El aparato bélico, así como el bancario y el político (éste desde cierto punto de vista) se entregan al conflicto sólo y tan sólo cuando se ha garantizado la solvencia del mismo, cuando las pérdidas calculadas son asumibles y cuando el avance en territorio enemigo supone una promesa de incremento en el territorio propio. Dialéctica de la usurpación y de la apropiación, garantía de un incremento del espacio reservado al “para-sí” en detrimento del “ello” o de lo “otro”. Cualquier otra forma de entender este operativo es considerado un “riesgo suicida” e  inmediatamente reducido de intensidad al nivel dialéctico del protocolo y la negociación no armada (si bien su esquema de funcionamiento sigue la misma pauta).

En el caso de la guerrilla no existe esta economía de la usurpación y la acumulación, porque la guerrilla no trabaja nunca para-sí. Su campo de efectuaciones y afectaciones no refiere a un cuerpo homogéneo, a un organismo supraindividual que absorba en su seno las necesidades singulares de emponderamiento. Llámese a este organismo “estado”, “pueblo” o incluso “clase”. La guerrilla es un movimiento que huye tanto la colectivización como la individualización de su pathos. No refiere ni a una trascendencia irrevocable ni a una subjetividad caprichosa. La guerrilla trabaja y se confunde con el propio territorio y su objetivo no es otro que preservar el campo de posibilidades que supone ese territorio. Su economía es más bien una ecología: no se apropia de nada sino que se aporta a sí misma como factor de emponderamiento del territorio. ¿Y qué se supone que es este territorio? La extensión soberana del desierto, el laberinto poético de la jungla, la trama heterogénea de una comunidad todavía por llegar. El movimiento-guerrilla es entonces una aportación de gran intensidad a la configuración ecológica de una mente, de una forma de pensar en la que los cuerpos, los cerebros, el lenguaje y el entorno trazan un intrincado circuito de resonancias y afectaciones mútuas. El movimiento-guerrilla defiende la perseverancia del oceáno pensante de Solaris, la co-participación de toda singularidad en un proyecto transversal de supervivencia y de cortesía a nivel ecológico. Una cortesía que pasa necesariamente también por una renuncia, por una forma de resistencia ante determinadas enunciaciones y ciertas disposiciones de aquello conocido como Ley. El ejércido regular se alimenta del reclutamiento y la reclusión (la de los propios soldados en los cuarteles, en las cabinas de sus aparatos y antes en las trincheras; la de los prisioneros y los bienes enemigos confiscados), mientras que la guerrilla se nutre y nutre a su entorno de la deserción y la disipación. Deserción de ese orden coercitivo, irrupción de una resistencia al mismo tiempo aguerrida y volátil que no pretende asentarse, sino precisamente liberar el territorio y las posiciones del mismo.

La guerrilla no es músculo, no es una pretensión de fortaleza intimidatoria. Su constitución es más bien precaria, débil, membranosa. Su disposición no es usurpar, sino convertirse en catalizadora de una necesidad inmanente, de un clamor casi pre-personal. No avanza en el sentido militar del término, sino que se pliega y se repliega, efectúa una modulación de diferencias singulares en un punto y un contexto muy determinados para después confundirse nuevamente  con el contexto. Si lo analizáramos en términos de cibernética, el movimiento-guerrilla aportaría un “bit”, una instancia de modificación y de diferenciación en el mapa que depende pero de su correlación solidaria con el territorio para poder efectuarse realmente. En este sentido la ontología del devenir expuesta por Deleuze y la cibernética desarrollada por Bateson resultan muy parejas. Para Deleuze no existiría, por ejemplo, un corte nítido entre el mongol, su montura o la estepa en la que se mueve. De forma análoga, para Bateson no existe un sesgo definitorio que separe el leñador de su hacha y ésta de la corteza del árbol. Si nos atreviéramos a pensar simultáneamente ambas perspectivas podríamos llegar a la conclusión de que el movimiento-guerrilla es un devenir computacional. Un bit performativo.

La guerrilla no traza planes: ella y el territorio forman un plan conjunto e inabordable por la política y la estrategia bélica convencionales. La guerrilla, como los hongos, es una situación fronteriza y frágil, en algunos casos casi enfermiza, cuya porosidad y capacidad de confabulación con el territorio son su verdadera potencia. ¿Verán alguna vez a una guerrilla actuar fuera del ecosistema en que emerge? ¿Disponer del espacio ajeno como lo hacen las estructuras militarizadas y la ideología acumulativa de los estados-nación-banco? ¿Hacerse visible hasta la extenuación, imponerse e imponer la imagen de sí misma y arrastrar con ello al colectivo hacia su propia sobreexposición, como sucede con la prostituída noción de ciudadanía que arrastramos?

La guerrilla es algo que emerge fuera de la evidencia pero en el epicentro mismo de la necesidad. No es un espectro como definió Marx el comunismo, sino más bien una instancia de indeterminación, un momento de fábula. El movimiento-guerrilla es un movimiento poético, un pliegue trópico sobre la superficie de las cosas. Y como todo lo poético tan sólo es comprensible a través de la exterioridad respecto a sí mismo que expresa. Una imagen sin órganos.

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Referencias

Bateson, G: Pasos hacia una ecología de la mente, Buenos Aires, Lohlé-Lumen, 1998 · Deleuze, G / Guattari, F: Mil Mesetas; capitalismo y esquizofrenia (2); Valencia, Pre-Textos, 2002 Delgado, M: El animal público, Barcelona, Anagrama, 2002 · Hausmann, R: Correo Dadá (una historia del movimiento dadaísta contada desde dentro), Madrid, Acuarela & Machado, 2011 · Lawrence, T. E: Guerrilla, Madrid, Acuarela libros, 2007 · López Petit, S: La movilización global; breve tratado para atacar la realidad, Madrid, Traficantes de Sueños, 2009 · Pelbart, P. P: Filosofía de la deserción; nihilismo, locura y comunidad, Buenos Aires, Tinta Limón, 2008 · Tiqqun: Introducción a la guerra civil, Madrid, Errata Naturae, 2008 · Virilio, P: L’espace critique, Paris, Christian Bourgeois Editeur, 1984

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