LA TRAMA DE TODO (Y DE MÁS ALLÁ) -UN CICLO MUY PRODUCTIVO-

Los siete telares

Los siete telares

“Conseguir aquello que uno se propone no es difícil. Lo difícil es desear.”

(Gilles Deleuze)

Dos redactores de Marabunta mantuvieron la siguiente correspondencia a propósito de La trama de todo (y de más allá) y llegaron a la conclusión de que se trataba de un ciclo muy productivo. Habían dispuesto un tablero de juego ligeramente modificado y sobre él se interrogaron acerca de diversas evidencias que parecían haber pasado desapercibidas, pulsaron los resortes de las mecánicas menos obvias, se sacudieron de encima algunas ideas prefijadas y se adentraron en los luminosos laberintos del sueño y del deseo, para emerger con una idea nueva y sorprendente agarrada por el cuello.

EPISTOLARIO DE VIGILIA

REDACTOR UNO

11 DE NOVIEMBRE DE 2012

“El cuerpo tiene poderes que la mente desconoce.”

(Philip K. Dick)

Esto es un intento de desarrollar algo que se me ha ocurrido a partir de la teoría más en boga de la neurología en este ámbito y que quizá podríamos descifrar filosófica, poética o antropológicamente.

El imaginario simbólico procede del excedente que se produce durante el proceso de fijación de la experiencia mediante el sueño. Llamamos arte a la actividad de la imaginación que practica un modelado sobre esa materia excedente, esa ganga. Esa tarea de modelado configura la realidad. Vivimos esa realidad en la vigilia, que genera acontecimientos interactivos que fijamos durante el sueño y convertimos en experiencia. El sueño, como proceso de auto-reparación, precisa de una simulación de la actividad cerebral durante la fase REM, en la que el cuerpo está totalmente desconectado. Para ello genera lo que llamamos sueños, el soñar. Cuando se sueña, las impresiones sensoriales más o menos recientes generan un tapiz mientras trabaja el programa de desfragmentación. Podríamos considerarlo como una especie de salvapantallas. Las formas que arroja tienen una extraordinaria virtud: acontecen en una recreación de tiempo-espacio bastante convincente (aunque son numerosos los sueños en que el soñante puede llegar a percibir cierta transparencia). Son multidimensionales y se viven, en el sueño, de forma consecutiva. Podríamos decir que los sentidos internos permanecen activos mientras el cerebro fija la experiencia y efectúan una simulación correlativa de la vida, bastante convincente. Sin embargo, por muy vívido que sea un sueño, por más real que parezca (cosa no habitual, por otra parte), sabemos que es o ha sido un sueño.

“La realidad está hecha de la materia de los sueños”

(William Shakespeare)

Lo más habitual es que los sueños manifiesten incoherencias, la mayoría de ellas se detectan durante el propio sueño y el individuo suele reaccionar psicológicamente a ellas, de lo que se podría deducir que las reacciones psicológicas en la fase de sueño deben contribuir de alguna manera al proceso de fijación. Pocas veces soñamos como espectadores. Las incoherencias permanecen o llegan a hacerse patentes al recordar el sueño durante la vigilia. Lo que hace más misterioso al soñar es que pueda ser recordado tal como se recuerda lo vivido. A esa profusión de cualidades sensoriales virtuales y espaciotiempos y dramaturgias que nos regala el sueño, le llamaríamos “ganga”, la piedra sin valor que envuelve el mineral en la veta (el mineral es la experiencia de lo vivido). Y ese residuo no es ni más ni menos que la imaginación. Algo tan realista como la propia realidad. El verdadero superpoder humano. Y el origen del arte. Realista, puesto que tiene como modelo los procesos neuronales que proveen la certeza. Superpoder, ya que es el medio efectivo de producción de la realidad. Origen del arte, ya que éste no podría existir sin el recurso de la imaginación y la plasticidad del Continuo presente.

El sobrante del sueño son los sueños, la rebaba del proceso, aquello que baila en la pantalla mientras el sistema se analiza, se repara y posteriormente se reinicia. La imaginación extrae ese combustible que reside en la glándula pinneal y está formado por diversos precursores de la serotonina, como el triptofano, hormonas potentes, como la melatonina, y especialmente el DMT. Una asombrosa, casi inabarcable actividad cerebral está al servicio de la imaginación. Por una parte, los elementos centrales y/o recurrentes del tapiz. Aquí está la factoría de símbolos. Son compartibles, comunes, pueden integrarse fácilmente en la experiencia colectiva por esa razón y lo hacen, los encontramos en las religiones y en la artes y resultan creíbles. Por otra parte, todo aquello que experimente la imaginación es comunicable y por lo tanto susceptible de ser aceptado por la comunidad, aunque a priori no sea extremadamente creíble. No hay espacio en este artículo para analizar cómo se convence la sociedad de los productos de la imaginación de sus socios.

Estamos hablando de una central electroquímica. La fábrica de producción de la realidad.

“¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.”

(Calderón de la Barca)

El conglomerado sociopsicológico humano reclama como ciertas una serie de cosas. Entre ellas, gracias a una profusión inesperada de conceptos en todas las lenguas, referidos a la existencia de lo real en contraposición a lo falso, aquello llamado realidad. Al mismo tiempo, nada diferencia el recuerdo de un sueño de lo vivido en una vigilia. Sin embargo, el ser humano va haciendo su camino obviando estas flagrantes evidencias de lo inseguro de la calidad de la realidad. Ha encontrado un sistema para hacerlo: la produce. No existe la menor notica sobre realidades humanas que no fueran consecuencia de la producción humana (si descontamos los cataclismos naturales, como haría una compañía de seguros modesta).

Todo ello nos hace pensar muchas cosas, todas ellas distintas, puesto que si no, serían la misma.

Aunque personalmente apuesto por reflexionar sobre el inevitable loop que se nos manifiesta: El imaginario simbólico procede del excedente que se produce durante el proceso de fijación de la experiencia mediante el sueño. Llamamos arte a la actividad de la imaginación que practica un modelado sobre esa materia excedente, esa ganga. Esa tarea de modelado configura la realidad. Vivimos esa realidad en la vigilia, que genera acontecimientos interactivos que fijamos durante el sueño y convertimos en experiencia.

REDACTOR OTRO

12 DE NOVIEMBRE DE 2012

La circularidad del proceso de producción mencionado en su misiva post resulta interesante, puesto que demuestra que la producción de realidad y por lo tanto de sentido es eminentemente un proceso de cariz energético, un sistema autopoiésico que, en su funcionamiento como circuito, expele siempre un excedente que, de una parte, desborda la propia circularidad cerrada del proceso (y, en cierto modo, genera una realidad “otra”, exterior), y por la otra garantiza la continuidad, en tanto este excedente es indispensable precisamente para producir la realidad “propia”. Podríamos hablar por lo tanto de dos formas de economía integradas en este sistema: una economía de la preservación, que garantiza la estabilidad del proceso de producción y de consumo, y una economía crematística, que trabaja fantasmagóricamente a partir del excedente generado por la primera, y que contribuye “espectralmente” a la existencia de aquella primera economía. Digamos pues, a lo Bataille, que en la economía de producción de lo real hay siempre latente una “parte maldita” cuyo parquet de operaciones de alto riesgo es la imaginación y cuya operatividad es cierta matemática entrópica. Lo que resulta evidente es que la producción de este excedente de realidad (denominémoslo sueño, pero también arte) no es un mecanismo que “represente” el escenario de determinadas represiones pulsionales. Es decir, no es una estructura codificada que sea necesario  interpretar, sino que es precisamente la forma de expresión no-codificada de la maquinaria de deseo que trabaja de forma inmanente en el mismo plano de la realidad. Entender este excedente exterior como sistema de representaciones (como “teatro”) es el primer paso para convertir precisamente el sueño y el arte en el mismo vehículo de la represión, a partir de la forma temprana de esta represión, que es la represión lingüística y con ella la represión metafórica. La primera forma de ambición que codifica el deseo es la aspiración a controlar el devenir a partir de la generación de discursos y expectativas que promueven el considerar la realidad exterior como un sistema de situaciones pre-visibles y por lo tanto controlables si se dispone del oportuno manual de instrucciones / interpretaciones. Lo simbólico siempre ha sido némesis de lo metafórico, de eso no cabe duda. Uno desborda el lenguaje en su grieta de interpelación a lo exterior de sí mismo. El otro, por lo contrario, liquida el problema del misterio por medio del gran milagro de la correspondencia y la analogía.

Quizás por mi parte (una parte malditamente filosófica, me temo) matizaría la cerrazón que ese circuito mencionado puede inspirar. Una cerrazón que en cierta forma ya he cuestionado cuando he hablado del excedente de energía que desborda la fórmula del circuito cerrado. Me resulta interesante conceber que, mientras se trabaja en esta dimensión exterior o de alteridad (lo que excede el circuito), el sujeto atraviesa un plano de temporalidad no histórica y que se podría equiparar a la temporalidad mítica (o en todo caso poética, en su acepció griega / trágica). Lo verdaderamente fructífero a mi entender es que, aun cuando esta temporalidad es el gérmen del espacio de la imaginación (que en última instancia es el que posibilita la ligadura de las facultades sensibles e intelectuales y por lo tanto la capacidad de generar conceptos y pensamientos en el campo de la realidad “propia” o cotidiana, siempre que entendamos que eso de crear conceptos y por lo tanto de pensar es algo en cierta medida muy parecido al arte), en caso alguno debemos sucumbir a la obsesión paranoica de interpretarla, de dotarla de significaciones propias de la temporalidad histórica (secuencialidad, causalidad, contigüidad, y en última instancia, teleologia), puesto que de hacerlo estaremos liquidando precisamente todo el potencial de esta a-historicidad de la que participamos, tanto en el sueño como en la creación artística. O dicho de otra forma, no hay que entender las incongreuencias del sueño, como tampoco hay que clausurar los problemas que genera el arte y el desconcierto promovido por algunos pensamientos. El hecho de participar de ese tiempo “otro” es precisamente indispensable para asumir que, en cuanto que seres dotados de un pliegue “mítico”, no estamos condenados a la pragmática de aquello ya dado y de la re-presentación de los hechos, sino que, como en el eterno retorno tal y como lo concibe Nietzsche, estamos en disposición de generar siempre contextos de realidad inéditos, nuevos, que nunca se agoten en la narratividad de la historia. En definitiva, estamos en condiciones de repetir siempre aquello completamente diferente.

REDACTOR UNO

23 DE NOVIEMBRE DE 2012

“El que quiera escribir su sueño, dice Valéry, ha de estar ‘infinitamente despierto”. 

Pero si está ‘infinitamente despierto’, ya no lo describe, lo imagina”.

(Boris de Schloezer y Marina Scriabine, Problemas de la música moderna, Seix Barral, Barcelona, 1973)

Creo que debería haber sido más prudente y haber cimentado un poco el arranque de mi primera misiva. Aún estoy a tiempo, así que quiero remarcar que partía de las afirmaciones de los neuropsicólogos acerca de que el periodo de sueño es esencial para nuestros procesos cognitivos, puesto que su función es fijar la experiencia vivida en la vigilia, que durante ésta se almacena en una memoria provisional, y depositar la información en otro contenedor permanente. Así se efectúa nuestro crecimiento o aprendizaje.

No voy a explicar con detalle las evidencias a las que han llegado los investigadores, resumo diciendo que una vez demostrado que el cerebro desarrolla mayor actividad durante el sueño que en la vigilia, la vieja teoría de que se duerme para que descanse el cerebro se fue al traste. Hay modernos sistemas para averiguar qué está haciendo el cerebro mientras duerme y el resultado es que por lo que a él respecta, el sueño es un proceso metabólico activo. Actualmente se considera que el período de sueño permite al cerebro depositar definitivamente en la estructura neuronal la información procesada durante la vigilia, reforzar las sinapsis, consolidar los recuerdos. Aunque también es cierto que hay quien sostiene lo contrario, esta es la teoría más aceptada y lo que me proponía era contribuir a su demostración a partir de la observación de ciertas características psíquicas del proceso creativo y de cómo funciona nuestra imaginación. No tengo argumentos científicos, pero sí algunas preguntas que se pueden responder un poco por sí solas.

También quedaba un poco en el aire la motorización del ciclo. Sostengo que el motor es el deseo y que éste es a mi entender distinto a la querencia. El querer no es más que una formalización de la racionalidad y el deseo es aquello que dinamiza la existencia, que es a su vez el contenedor de lo racional pero jamás su objeto.

No estoy en contra de la opinión que manifiesta la existencia de un subconsciente colectivo, como decía el señor Jung, pero ello no vendría más que a decir que ni siquiera el metraje que arrojan los sueños es especialmente original, motivo por el cual aún habría que hacerle bastante menos caso al tapiz del que le hacemos. Tantos son los lugares comunes… ahí tenemos los hombrecitos que te encuentras cuando tomas DMT o la estructura basada en cuatro que, según afirma Felipe Borrallo, recoge desde el substrato mítico el símbolo de los cuatro neurotransmisores que proveen las herramientas para superar los cuatro grandes obstáculos para alcanzar la conciencia (aunque él le llama la Conchi).

En cuanto al gráfico que propuse, no necesariamente representa un círculo cerrado, se puede interpretar como una espiral vista en dos dimensiones. Si acordamos que se trata de la columna del aprendizaje, hemos de entender que precisamente a cada giro completo, el individuo adquiere mayor experiencia, puesto que lo que estamos representando es el proceso de fijación de ésta. Pero, claro, para poder fijarla, hay que vivirla. Quizá no le guste a todo el mundo, pero viene a ser así.

8 DE DICIEMBRE DE 21012

 “Los hombres que sueñan de noche se despiertan al día siguiente para descubrir que todo era vanidad. Más los soñadores diurnos son peligrosos, porque pueden vivir su sueño con los ojos abiertos, a fin de hacerlo posible.” (T. E. Lawrence)

Si damos por bueno lo dicho hasta aquí (bueno o aceptable, tampoco estamos haciendo nada más que elucubrar)… ¿qué papel toman en ésto las religiones? Ya avisaba de que una aproximación artística e incluso antropológica eran riesgos que harían divagante este texto en la medida que no lo hacían derivativo… Y bien, ¿Qué papel toman las religiones en este asunto? Y no hablo de la religiosidad ni del espiritualismo, y aunque la liturgia probablemente exhume algunos elementos coreográficos de doble función,  me refiero a las ciencias de la religión. Por poner un ejemplo, cómo recogería la Cábala esta idea tan sencilla de que la imaginación es un residuo del proceso de aprendizaje  y es coherente en la sola medida de su alcance, por lo que las construcciones mentales jamás chocan contra sí mismas y su mayor garantía es que son ampliamente compartidas. Ampliamente compartidas.

“La aritmética fue inventada un día de lluvia por un señor que no tenía nada mejor que hacer que contar las gotas que caían de su viejo sombrero de rabino escéptico”.

(Accidents Polipoètics)

Llega un día en que no tienes más remedio que reconocer que hay una serie de principios matemáticos, exactos e inamovibles, capaces de entendérselas con el mundo fenomenológico sin que uno tenga que estar permanentemente preocupado por ello. Al mismo tiempo, uno puede descubrir fácilmente que la mayoría de tales principios no sirven o resultan rápidamente inhabilitados durante el sueño. Ejemplos: en los sueños se vuela, se va al pasado y al futuro en un momento y la morfología de las cosas y las personas es variable y fluída. El espacio-tiempo funciona distinto en la vigilia. Pero, ¿acaso quiere decir que el espacio-tiempo no funciona en el sueño? Bueno, parece que funciona diferente, pero funciona. Llegar a esta conclusión es realmente muy chocante.

Como se ha escrito tanta literatura sobre estados alterados y su conexión con los mitos, los ritos y los hitos de las religiones, y como se ha considerado de buen ver que ello devolvía al subconsciente el derecho al territorio sagrado, sumiendo la evidencia en la bruma del inconsciente colectivo y la sincrética noción del Todo, me permito recordar que quizá en este caso, que de hecho no tiene parangón, podríamos mirarnos las cosas de otra manera: ¿y si una esfera compleja contuviera la trama de los sueños y la matemática, del tiempo y las emociones, y la ecuación para explicarlo fuese muy otra? Si dejan a un lado el temazo de la armonía del cosmos y la multiplicidad, piénsenlo: la plasticidad de la realidad es un hecho. Y se acciona desde la irrealidad, es decir, la imaginación.

En el fondo del mar, usted podría jugar a cartas, o hacer una suma en un papel o comerse un bocadillo… y las cartas, el papel y el bocadillo ¡siempre estarían mojados!

REDACTOR OTRO

12 DE DICIEMBRE DE 2012

“La locura es la matriz de la sabiduría”

Giorgio Colli

Aletargada la dimensión biológica, el marchamo de Physis con el que se inició el toma y daca, la cosa se ha prodigado por territorios mucho más lábiles, lo cual no deja de ser muy pertinente en relación a esta trama. Nos hemos aventurado a la procesión de lo religioso y lo sagrado, así que recuperando el hilo (no el de Ariadna), vamos a hablar, y sobre todo a escribir, sobre el mito.

En alguna otra parte se había apuntado ya que el proceso por el cual la articulación de lo real (quizás sería más pertinente hablar de lo actual, lo real como categoría está cada vez más desacreditada desde que se procedió a su sistemática desertización) se entretegía con lo imaginario por medio de una estrategia de exceso y de estabilización nos situaba en una circunstancia cuanto menos problemática. La de asumir una copertenencia constante a, por un lado, la temporalidad histórica, el argumento objetivo y positivo por el cual las cosas se suceden según un régimen de producción lineal de conservación y previsión, y una temporalidad exterior, ajena y de parámetros difícilmente domesticables, que podríamos tranquilamente considerar como mítica. Los trabajos que se llevan a cabo en las fases del sueño tienen pues una doble naturaleza, que en cierta forma supone la repetición cotidiana de un momento genético: el del pliegue fundacional en el que se produce el encuentro entre Apolo y Dionysos. O lo que es lo mismo, la conjunción (desprovista de dialéctica, es decir, de un régimen de equilibrio simétrico) de un desideratum creativo y tendiente al exceso, rebelde ante ciertas estructuras lógicas de correspondencia -Dionysos- y una tendencia a construir, en base a ello, un cierto plano de fijación y estabilidad con el objetivo de mantener algunas huellas reconocibles de ese mismo proceso -Apolo. Huellas formales que son las que posibilitan la construcción de eso llamado cultura.

Pero el encuentro entre ambas instancias, que no son ni mucho menos autoexcluyentes, no arroja un universo de figuras cerradas. La extrañeza y el delirio controlado forman parte consubstancial de esta síntesis, y de ella se deriva, como una grieta permanentemente abierta hacia el afuera, lo simbólico. Es de menester aclarar este punto: no nos referimos a una categoría de lo simbólico que podría fácilmente instalarse en el terreno de la hermenéutica de salón y de la terapia psicoanalítica, tan absorta en la necesidad de clausurar cualquier vestigio de enigma; lo simbólico es precisamente aquí una formulación que incorpora un suplemento de carencia. Puede parecer paradójico, y así es: el símbolo es la instancia por la que lo actual / factual experimenta la inoculación añadida de un rasgo que, al mismo tiempo que lo proyecta fuera de sí en dirección a lo Otro (y por lo tanto lo amplia), desvanece buena parte de su consistencia como signo perteneciente al curso de esa misma factualidad. Es el precio que hay que pagar por sobrepasar el borde exterior de los hechos e instalarse en el terreno de los acontecimientos: allí donde, esquivando la reglamentación de Cronos y su voracidad, emerge el sentido de lo insensato. El devenir.

¿Qué valdría el encarnizamiento del saber si sólo hubiera de asegurar la adquisición de conocimiento y no, en cierto modo y hasta donde se puede, el extravío del que conoce?

(Michel Foucault)

El devenir mítico que se instala y fluye en este tipo de pliegues comparte con lo onírico y también con la locura una cierta imposibilidad muy productiva: la de no ser codificable como obra. Escribir no sobre ello, sino en ello, implica necesariamente renunciar a ciertas nociones y sujeciones que se encuentran en la base fundacional del humanismo y de la cotidiana estabilización de los hechos. Allí donde se despliega lo mítico no hay obra, no hay discurso o archivo. Hay la emergencia de lo indiscernible, que obliga a generar un mapa inédito de conceptos. Un diagrama o máquina abstracta que apunta modulaciones y formas operativas, pero que no asume como propias las legislaciones de la narración. La Odisea, la Ilíada, no fueron concebidas como obras: son excursos en los que la razón incipiente se contamina de forma irreversible de su alteridad atávica, de la dimensión de sí misma que no puede decirse, sino tan sólo acontecer. La co-pertenencia a lo mítico, a lo imaginario, convierte así mismo la escritura, incluída esta misma, en la huella de una ausencia. En el rumor laberíntico de algo que en realidad jamás ha estado allí de forma explícita. Y, por lo tanto, en el anuncio de una reiterada proliferación de fantasmas en los que jamás encontraremos la reproducción exacta del mismo eco.

REDACTOR UNO

16 DE DICIEMBRE DE 2012

 

“¿Lo que más admiro de un escritor? (…) Que durante el día no tenga pasado y por la noche sea milenario.”

José Lezama Lima

Quizá cueste aceptar que esas formas humanoides del imaginario religioso sean tan accidentales como los relojes blandos del surrealismo o que los seres mitològicos de las cuadruplicidades no representen más que unos cuantos neurotransmisores, pero, claro, no son verdaderos accidentes ni representaciones, sino la forma que toman éstos en la tridimensionalidad del pensamiento. Lo más interesante es considerar que absolutamente todo toma forma en el pensamiento y que por tanto, nada que no se pueda imaginar existe, mientras que todo lo imaginado es necesariamente.  Cuando, hace casi un par de años, decidimos lanzar una campaña en favor de la literalidad deberíamos haber comenzado por ahí, pero aún no sabíamos en qué andaban los neurólogos. El paradigma, o la fábula, salta de nuevo ante nuestros ojos: el sueño es la excrecencia del proceso de fijación de la experiencia y provee el imaginario que proyectamos sobre la vigilia, al cual llamamos realidad. Otra cosa es que esta idea aporte una explicación de la diferencia entre sueño y vigilia. Y no la aporta. Por lo tanto, tampoco puede ayudar en diferenciar realidad de imaginación. Pero de eso se pueden ocupar los semiólogos. No son más que conceptos. Para la RAE, la realidad es “Lo que es efectivo o tiene valor práctico, en contraposición con lo fantástico e ilusorio” y la imaginación, la “Facultad del alma que representa las imágenes de las cosas reales o ideales”. Aquí podríamos retorcer un poco la pregunta de Schloezer-Scriabine: ¿cómo se podrían representar las cosas reales sobre la propia realidad? La respuesta sería: irrealizàndolas. Desprendièndolas de su cualidad esencial, de su existencia. Así nace el mito, de un intento sencillo y bienintencionado por trasladar al universo sensorial la certeza de la existencia de lo inexistente. La certeza. Lo inexistente. Y su representación. O aquel mapa de Borges, que llega a ser tan fiel que se superpone con la realidad no pudiéndose distinguir de ésta. Y así se va desprendiendo suavemente, como una fruta madura, lo humano, lo temporal.

Lo que cae en el regazo de querer saber las cosas es:

¿Por ventura alguien puede explicar cómo es que la vigilia, el momento productivo, el momento común, ese océano, tiene la misma magnitud del sueño, las mismas deformaciones, esas protuberancias y tantas anomalías similares, pero lo que en uno se llama “color verde-anaranjado” en la otra se denomina “patología”? Dos sueños cada día, el que vivimos en acción y el que nuestro cerebro confina en su ámbito. Él no precisa del cuerpo, elimina toda conexión y se lanza a proyectar. ¡Qué tío!

Imagínese, cuánta gente ahora mismo está en plena fase REM, mientras usted lee esto.

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